AMIGOS
El más hermoso crepúsculo que había observado en años se manifestaba aquel día. Como todas las tardes, me encontraba en el patio de casa, pensando, analizando mis ideas y mis decisiones mientras mi cigarro se consumía por sí solo.
Totalmente ahogado en mi euforia. Sintiéndome efímero ante la culpa o el remordimiento, que lógicamente hubieran consumido a cualquier persona que se encontrara en mi posición.
Tan sólo unas semanas antes se me hubiera podido definir como una persona normal, intrascendente. Alguien que se limita a vivir por el sólo hecho de hacerlo. Por eso, hice algo para ayudar a un amigo, y hacer que su vida fuese menos miserable. Soy, por lo menos a mis propios ojos, un héroe.
Vivo solo. Mi casa es pequeña, con muy pocos ambientes.
. Por las tardes, salgo a caminar u observo el ocaso desde el patio de mi casa. En cambio por las noches, aprovecho a profundizar mis conocimientos de cine, viendo alguna película de drama o ciencia ficción, entre las cuales están mis favoritas: “Crónica Desesperanzada “y “La Profundidad”. Pero debo enfocar mi atención en el relato principal.
Desde hace años él era mi amigo, un buen hombre. Pero por alguna razón la vida lo había castigado de la forma más terrible. ¿Cómo? Pues otorgándole una marca, una cicatriz que desfiguró su ser de forma irreversible, una grieta en su humanidad, eso fue.
Era lógico que yo siendo su amigo tratara de ayudarlo. Diariamente lo visitaba, debatíamos juntos sobre temas intrascendentes y algunos gustos personales. A veces me agobiaba tener que presenciar su deformidad, no soportaba imaginarme su sufrimiento. Un día, no hace mucho, me decidí a ayudarlo.
La noche estaba silenciosa, una leve brisa, acariciaba mi cara mientras me dirigía con paso decidido hacia su casa. Él me recibió con acostumbrada hospitalidad, mientras yo saludé con cierta distancia. La noche transcurría con una asquerosa normalidad. Después de la cena propuse un brindis, que por suerte él acepto. Era de vital importancia mantenerme ecuánime.
La ayuda, por mejor intencionada que fuera, nunca había sido aceptada por mi amigo. Aunque sabía que era él quien más la necesitaba.
Unos minutos después cayó dormido, inconciente y sereno. Justo como lo precisaba, había llegado el momento tan esperado, ese día podía acabar el injusto sufrimiento de un amigo al que tanto yo quería.
Procedí a atarlo a los extremos de la mesa. Me hubiera gustado que él cediera a mi ayuda, pero era tal su sufrimiento que no podía advertirlo. Había llegado el momento de depurar su ser de tan horrible maldición. No cabía pensarlo un sólo minuto más, lo que yo estaba a punto de hacer era la acción de alguien que solo quería el bien para su amigo, alguien que estaba dispuesto a dar todo por acabar con el sufrimiento de otra persona. Sin perder más tiempo, procedí, y tomando una lija, puse todo mi esfuerzo en borrar la marca.
De repente, él despertó y profiriendo un grito desgarrador, suplicó. Me hubiera detenido, pero debía proseguir, terminar con su sufrimiento, el me estaría eternamente agradecido. Por más que rozaba una y otra vez la cara de mi amigo con la lija, la marca no cedía y la sangre empezaba a inundar su cara.
- ¡Basta! -¡Basta!- exclamó con un tono de súplica que nunca antes había oído.
-Ya está, amigo, ya pasará, todo será mejor una vez que haya terminado. Exclamé esperanzado. -Sólo falta un poco más.
La marca ya casi era irreconocible, se estaba al fin extinguiendo. Él estaba frío, con un singular aspecto cadavérico. No debía desconcentrarme, puse toda mi energía en terminar con la maldita marca y el sufrimiento de mi amigo. Hasta que al fin, esta desapareció. En su lugar se hallaba una herida abierta.
Él ahora temblaba y se retorcía sobre sí mismo, como era lógico en alguien que se acababa de liberar del sufrimiento de toda una vida.
Eso fue suficiente para mí, desaté sus manos y piernas de la mesa. Como era de suponer, él aún no respondía ni daba señales de lucidez.
Tomé una lapicera que se encontraba cerca y escribí sobre un papel las palabras: “de nada”, y junto a un espejo lo dejé al lado de la mesa.
Al salir caminando de la casa de mi amigo, mientras encendía un cigarro, en plena armonía pensé:- todos necesitan algo de ayuda y él, en especial, lo entenderá.
ALEJANDRO ZIAMPRIS
( 3ro. 3ra.) E.E.S Nro. 8
